Historia de una lechuza

Autor: 

José Luis Pafumi

Muchas veces había sobrevolado aquel sitio. En otras temporadas, había
armado su nido en el viejo algarrobo que crecía al costado del camino de
tierra, que conducía al pueblo. Pero este año la primavera venía muy
llovedora y ventosa. Y la vieja construcción le pareció apropiada. Estaba
abandonada hacía mucho tiempo y, si bien algunas chapas del techo se
habían volado con el último temporal, le brindaría igual un sitio seguro
para criar a su familia. Planeó varias veces sobre el lugar y encontró un
hueco, justo debajo de un tirante de madera que sostenía el techo.
Faltaba que ella lo ratificara, pero ése era el lugar. Un rincón oscuro e
inaccesible del establo abandonado. Su pareja pronto aprobó la ubicación
y rápidamente, entre los dos, hicieron el nido, donde ella depositó los
huevos. Al cabo de un tiempo, nacieron dos crías hambrientas. Él no
paraba un minuto en ir a buscar alimento. El lugar no había podido ser
mejor, había una gran cantidad de ratas que muy pronto terminaron en
sus garras. Con su vuelo silencioso y letal, no le costaba mucho atraparlas.
Les caía encima de noche, como una sombra aparecida de la nada. Y sus
garras punzantes, perfectamente diseñadas para ese cometido, eran
implacables. Su familia estaba bien alimentada y parecía que los dos
pichones crecerían gordos y sanos esa primavera.

Pero una tarde los vió llegar. Eran dos tipos, esos de dos patas. Venían en una
vieja camioneta, llena de materiales de construcción, chapas, bolsas de
cemento, clavos, martillos y otros elementos de construcción. Al principio
él no se inquietó demasiado, estaba familiarizado con los de dos patas y
por lo general cuando los veía, ellos se alejaban temerosos. Vaya a saber
porqué. Pero esta vez era distinto. Los hombres venían dispuestos a
reclamar lo que era de ellos. Venían a reparar el establo, para volver a ponerlo
en funcionamiento. Se acercaron peligrosamente al nido, donde estaban
su compañera y los dos pichones. No lo pensó dos veces y salió con un
vuelo rasante, pasando cerca de las cabezas de los humanos. Luego se
posó sobre un poste, esperando a ver su actitud.
-Esos bichos son de mal agüero, Don Pascual- dijo uno de los hombres.
-Mejor volvamos a la mañana y vemos como sacarlos. Está oscureciendo y no me gusta nada-
-¡Bah! Tonterías- respondió el otro- yo no creo en esas pavadas.
Tenemos que descargar la chata y empezar el trabajo mañana bien
temprano. Acordate que el dueño prometió una extra si hacemos el
trabajo rápido, siguió bajando materiales de la camioneta.

La lechuza, al ver su familia en peligro, sacó coraje y sobrevoló nuevamente las
cabezas de los dos tipos, rozando con sus patas el sombrero de Don
Pascual. Luego se fue a posar en la rama de un espinillo cercano, donde
emitió un largo chistido. El hombre se enfureció.
-¡Ya va a ver ese bicho del demonio!- gritó encolerizado. Buscó algo en la camioneta y luego
caminó directo hacia el espinillo donde él estaba posado. Lo vió venir, con
ese palo de fierro e instintivamente, abrió las alas, como para intimidarlo.
Un fuego resplandeció en la punta del palo, y al instante, sintió un agudo
dolor en su ala izquierda. El impacto lo aturdió, y cayó al piso, inmóvil.
Sintió que lo agarraban, atenazándole las patas. No podía reaccionar. Lo
llevaron un rato, casi arrastrándolo por el piso y luego se sintió arrojado
dentro de un cilindro de lata, que fue cerrado con una tapa. Sin poder
moverse, se desmayó por el dolor que sentía.

Los dos chicos jugaban por el camino de tierra vecinal. Les extrañó oír
unos chillidos insistentes, casi gritos, que provenían de un gran tacho de
basura. Lentamente se acercaron y con mucho cuidado, sacaron la tapa.
Su sorpresa fue mayúscula. Una gran lechuza de campanario estaba
dentro, malherida, y se debatía aleteando, entre la vida y la muerte.
-Pobrecita -dijo uno de los chicos- Está mal herida.
-Dejala- contestó su amigo- Esos bichos traen mala suerte.
-Me da mucha pena- respondió el otro- tal vez pueda llevarla al veterinario del pueblo.
Buscó y buscó por todos lados, en el viejo establo y en los alrededores, y
encontró una caja vacía, que seguramente servía para guardar clavos. Se
acercó silenciosamente, tomó a la lechuza por las patas y la metió en la
caja. Con el apuro, se olvidó de hacer unos agujeros en el cartón, para
que el pobre animal no se asfixiara. Rápidamente, subió a su bicicleta y la
llevó al pueblo.

Oscar hace poco había entrado a trabajar en el Zoológico. Se llevaba
mejor con los animales que con los hombres. Era un muchacho parco,
poco comunicativo y bastante tímido. Por lo general se burlaban de él,
porque era bajito. En el zoo se sentía bien, los animales eran todos
hermosos y había de distintas partes del mundo. Les daba de comer y los
atendía con esmero. Una mañana trajeron una caja. Se juntaron todos los
cuidadores del Zoo y la abrieron. Una exclamación de asombro surgió del
círculo que rodeaba la caja. Una lechuza de los campanarios, con un ala
rota asomó su cabeza. Oscar sintió mucha pena por el pobre bicho.
Se veía que la habían maltratado mucho.
La lechuza se vio rodeada de humanos y ya no quiso sufrir más. Le habían
destrozado el ala con el palo que escupe fuego por la punta, la habían
tirado en un tacho de basura, la habían casi asfixiado en una caja de
cartón. El veterinario era bueno, algo le había curado su herida. Pero ya
no quería seguir viva. Había perdido lo que más quería, su pareja, sus
hijos y su libertad. No, no quería seguir viviendo.

Al verse rodeada de humanos, que tanto daño le habían hecho, quiso quitarse la vida para no
sufrir más. Se revolcó por el suelo y trató de hacerse daño con sus garras.
No pudo. Luego quiso picotearse a sí misma. Tampoco. Exhausta, se
quedó inerte en el suelo. Oscar se adelantó.
-Váyanse todos- dijo a sus compañeros-, yo me encargaré de ella. Necesita muchos cuidado,
se ve que fue muy maltratada.
Todos obedecieron y Oscar se quedó solo con la pobre lechuza.
-Yo te voy a cuidar- le dijo en voz baja. Seremos amigos, pero primero tengo que ponerte un nombre.
Te llamaré Tito.
El infortunada ave se tranquilizó un poco. El joven le hablaba suavemente, y
aunque desconfiaba totalmente de los de dos patas, después de todo lo
que le habían hecho, se tranquilizó. El muchacho se acercó y empezó a
acariciar su plumaje esponjoso. Tito nunca había sentido nada igual. Era
algo placentero, que lo tranquilizaba mucho. Estaba asombrado de la
actitud del humano, nunca antes le había pasado.

Pasó el tiempo y Tito, con el esmero y la dedicación de Oscar, fue
mejorando y recuperándose plenamente. Sintió deseos de volver a su
nido y ver qué había pasado con su familia. Pero pronto se dio cuenta que
nunca más podría volar. En esos momentos, lo único que lo reconfortaba
era la cercanía de Oscar. Él siempre lo acariciaba, lo alimentaba y estaba
pendiente de todo lo que ocurriera con el ave. Con el tiempo Tito y Oscar
se hicieron grandes amigos. Tito sabía que no podría volver nunca a su
vida anterior, cazar ratones, volar silencioso como una sombra, preparar
su nido, tener familia. Pero su nueva familia era Oscar, gracias a él estaba
recuperado y seguía con vida. Le tenía mucho afecto, por la forma en que
Oscar lo trataba, con tanta dedicación y ternura.
Una mañana llegó un grupo de gente. Parecían todas buenas personas,
observaban cada animal con entusiasmo y alegría. Se preocupaban por el
estado o el destino que tendrían muchos de los que habitaban en aquél
predio. Llegaron a donde estaba Tito, parado en su poste predilecto, y lo
miraron con curiosidad. Enseguida apareció Oscar, que les narró las
desventuras de Tito. Oscar se puso un guante en la mano e hizo que Tito
se posara en ella. Esto lo hacía muchas veces. Tito comprendió que Oscar
les contaba a esas personas sobre sus desgracias. Y entonces hizo algo
que nunca antes había hecho: mientras Oscar lo acariciaba, apoyó su
cabeza en el pecho de él, en señal de gratitud.
Todos se quedaron perplejos ante la actitud de la lechuza agradecida.

Y lo que nos enseña esta historia es la paradoja de nuestra raza humana.
Si bien hay muchos hombres ignorantes, que pueden hacer mucho daño,
también hay muchos otros que pueden remediarlo.
La misma mano de la especie que empuña un arma, puede curar, acariciar,
dar amor y consuelo a todos los seres vivos que nos acompañan en este
viaje a través del universo en nuestro maravilloso planeta.

Sobre José Luis Pafumi

Las angosturas camino a Po.San Francisco0001.jpgNací en 1957 en Buenos Aires, Argentina. Soy egresado de la carrera
Agronomía en la Universidad de Buenos Aires. Participé en la ONG ambientalista Fundación Vida Silvestre
Argentina como socio y voluntario. Actualmente soy voluntario de Aves Argentinas, donde también
curso en la Escuela Argentina de Naturalistas. Fui empresario Pyme durante más de treinta años.
En los ratos libres me dedico a mi pasión: escribir. Ya publiqué una novela: “El largo viaje de Tommy Jones” y estoy preparando otras. En el libro de cuentos “Defendamos la Naturaleza” trato el tema que es prioritario en mi vida y en mi formación: la protección del medio ambiente. Son más de treinta cuentos dedicados al público juvernil y adulto. Todos los cuentos tienen un mensaje común: la imperiosa necesidad que tiene el ser humano de nuestros tiempos de defender lo que queda de Naturaleza no
degradada, por él mismo, para nosotros y para las futuras generaciones.