La pandemia y tres temores

Autor: 

Tito Narosky

Un enemigo temible, insidioso y devastador se ha ensañado con la especie humana. Cuando esta parecía haber vencido todos los obstáculos, cuando sus grandes enemigos habían sido aniquilados o, como prisioneros, eran esclavos del animal de más privilegiado cerebro en el orbe, cuando el desarrollo científico alcanzado, había traspuesto los límites de la atracción gravitacional  y se disponía a explorar y explotar otros planetas, cuando los avances de la medicina presagiaban una prolongación de la vida humana con miras a la eternidad, un imperceptible enemigo, sin cumplir siquiera las condiciones para constituir un ser viviente, ha aparecido sobre la faz de la Tierra, decidido a disputarle su hasta ayer omnímodo poder.

La invisibilidad, un arma que el hombre no había considerado, inutiliza los grandes arsenales de bombas atómicas y misiles nucleares esparcidos por el mundo. Los más sofisticados aparatos de destrucción a distancia, con los que la especie sojuzgó a toda la grey animal –y las naciones más poderosas a aquellas más débiles- parecen juguetes infantiles, fuegos de artificio, ante ese enemigo oculto, capaz de penetrar en nuestras propias células sin ser detectado, anulando las defensas, aprovechando ese mismo material genético y completando el luctuoso recorrido con la muerte del anfitrión. Paga muy mal la involuntaria acogida y hasta recluta sus huestes –portadores y trasmisores de la enfermedad- entre las mismas personas infectadas que, despreocupadas o ignorantes, van contagiando aún a sus seres más queridos. ¡Bonito rival para la especie humana!

 Técnicamente diríamos que el Covid 19, que así se denomina, es un coronavirus que acopla sus proteínas a los receptores de la célula humana y una vez allí introduce su ARN al modo en que Matrix predijera el futuro. La célula entiende que el ARN es propio y crea millones de copias iguales. Así comienza a producir proteínas virales. Estos componentes desarrollan nuevos virus que salen de la célula para infectar otras. Cada virus puede crear entre 10000 y 100000 copias. Enemigo insidioso, dijimos, que se aprovecha de la hospitalidad para tratar de asesinar a quien lo acogió y mejor aún si el anfitrión no puede defenderse, tiene enfermedades preexistentes o es adulto mayor.

Esta mirada parece suponer que la pandemia actúa guiada por sus bajos instintos, como diríamos si se tratase de un asesino humano, pero en realidad lo hace ciegamente, respondiendo a un mandato casi inentendible originado en el poder de la selección natural, poder este enfrentado pero no derrotado por el hombre.

 Como me competen ambas condiciones señaladas como de riesgo –alguna enfermedad y edad avanzada- y como la patología es de extrema gravedad , pues suele asociarse a neumonía, internación en terapia intensiva , coma inducido, asistencia de un respirador artificial y otras “delicadezas”, además de que a menudo conduce a la muerte, aparece aquí mi primero y justificado miedo, de los tres que enuncia el título: El temor al contagio.

 Con la velocidad de respuesta que caracteriza a nuestra especie, la ciencia se lanza a la creación de innovadoras armas defensivas, ya que las ofensivas, como vimos, resultan inútiles contra un enemigo invisible. La ficción se ha quedado corta. Sabemos de históricos ataques de enfermedades infecciosas, que diezmaron en el pasado parte de la población humana pero, con los progresos de la medicina, nos sentíamos a salvo de nuevos flagelos. Rápidamente, tal o cual medicamento aplicado con oportunidad, era prevención suficiente y, aunque aún subsisten enfermedades que se niegan a fenecer, pareciera que una inversión suficiente en divisas, que los laboratorios no siempre están dispuestos a hacer, bastaría para su derrota definitiva. Así han desaparecido males ancestrales o se los ha reducido a regiones de África o América, sin que peligren los habitantes de las naciones poderosas o, incluso, de las medianamente desarrolladas como la nuestra.

 El origen de la pandemia es hasta cierto punto conocido. Aunque existen algunas versiones contradictorias, su inicio, donde atacó primero, fue a fines de 2019 en la ciudad china de Wuhan. Partió allí desde su mercado central, donde se vende carne proveniente de diversos animales silvestres, incluso de murciélago, al que se señala como vector de la enfermedad; o bien escapó del cuidadoso tratamiento de un laboratorio biotecnológico, para esparcirse por los cuatro puntos cardinales del planeta con increíble celeridad, o tal vez valga cualquier otra hipótesis, hasta las basadas en mezquinos intereses políticos. Una de ellas, que llamaré conspirativa, supone su origen en una acción intencionadamente humana. Como si una gran empresa farmacéutica, o dos, hubiesen desarrollado primero una vacuna contra el virus y luego liberado este, para crear una millonaria demanda, y acopiar así montañas de oro. Hay diversas razones para descreer de ella. La primera, basada en mi ingenuidad, dirían sus defensores, es que me es imposible imaginar que hombres alcancen tal nivel de malignidad. Otra es que no creo que se pueda mantener un secreto así entre cientos o al menos docenas de personas. La noticia correría más rápido que el contagio.

Sin embargo, para el análisis de mis tres miedos, el origen no reviste decisiva importancia. Podemos dudar de la autenticidad de la versión oficial o de las otras pues, pese a la fluidez de las comunicaciones actuales, no sería la primera vez que se nos oculta una verdad; pero de lo que estamos seguros, es que no partió de una civilización extra galáctica, como gusta mostrar el cine de ficción, sino de un laboratorio, un mercado, un error, o una acción intencionada, todo absolutamente humano.

 En el momento en que esto escribo (enero de 2021) ya llevamos, lejos aún del final, más de dos millones de muertos por la pandemia, duplicando el millón registrado solo tres meses atrás. También superan los cien millones los contagiados y, ante lo que parece la segunda ola de ataques de este insaciable enemigo, se contabilizó medio millón de infectados diarios.

 ¿Y cómo respondió nuestra sofisticada civilización, a la agresión del diminuto enemigo? A grosso modo de dos formas. Una, que podemos denominar con el devaluador calificativo de “gripecinha”, consistió en suponer que al hombre no le iba a afectar más allá de una molestia pasajera –leve gripe- y sugirió restarle importancia. La respuesta enfrentada, que denominaremos “cuarentenaria”, propuso ocultarse, impedir el contacto con el otro, un probable portador del virus, y así no permitirle acceder a nuestros dominios. Ambas fórmulas fracasaron en gran medida, y las naciones que las adoptaron, fueron modificando su actitud, balanceando su proceder en uno u otro sentido, sin reducir hasta aquí, la temible incidencia de la pandemia en la vida humana.

El virus, mientras tanto, se viene riendo -si la risa estuviese entre sus capacidades- de nuestros burdos esfuerzos por contrarrestar su acción. Si se intentó desatenderlo se encargó de llenar hospitales y cementerios con decenas de miles de despreocupadas víctimas. Y si se abrazó el encierro, con el agregado de toques de queda y otros limitantes de la libertad, el resultado fue bastante similar, aunque no igual, es cierto. Pero para los que temieron desde un comienzo su acción –entre quienes se halla el autor de esta nota-la interminable cuarentena, con todos los perjuicios que ocasiona desde lo económico a lo afectivo, no resultó suficiente barrera. Y el hastío que acompaña esos hasta aquí largos meses de prisión domiciliaria, hizo que muchas de las útiles prácticas anti infecciosas se fuesen suspendiendo. Hoy estaríamos abandonados a una suerte de “sálvese quien pueda” si no hubiese una esperanza real y cercana: la vacuna, el arma defensiva en la que confiamos para seguir confiando.

Sin embargo, antes del inicio de esta esperable contraofensiva, analicemos qué fue sucediendo con nuestra “maravillosa” civilización, esa que, con su insensible agresividad, pudo contra leones, tigres, elefantes y rinocerontes y que, despreocupadamente, modificó el paisaje de continentes enteros.

 Era obvio que la economía se resintiera. El riesgo de asistir al trabajo, de viajar, de reunirse, despojó a las fábricas de personal y a los comercios de clientes. Las calles se despoblaron de transeúntes. La labor presencial, en la práctica desapareció en el mundo entero por lógico temor al contagio, y los índices de la actividad económica –empleo, consumo, ahorro e inversión- cayeron abruptamente. Los dirigentes tomaron medidas oscilantes-y no se les puede culpar de ello- intentando salvar parte de la carga en el naufragio, pero logrando mínimo resultado. La pobreza, aunque las medidas de seguridad terminen hoy, aumentará exponencialmente en los próximos años. El estado de bienestar, parcialmente vislumbrado, recibió de la pandemia un golpe fatal. Nuestra orgullosa civilización fue sacudida sin lástima.

Los estados, en general, cerraron sus fronteras intentando evitar la importación del virus, sin mayor resultado o más bien con el resultado negativo de poner en situación desesperante a las empresas de navegación aérea y marítima, entre otros afectados. Los transportes colectivos siguen funcionando, pero con muchos menos pasajeros y, aunque no colapsó, el sistema se sostiene con dificultad. El turismo, consecuentemente, tanto el interno como el internacional, ha caído a niveles mínimos y esa industria, pese a que es fundamental para muchos países, se desploma con pérdidas incontables. Y las medidas estatales, aún en las naciones más adelantadas del orbe, se manifiestan por un ir y venir, un abrir y cerrar, que describe mejor que cualquier estadística la desazón internacional. Y eso, mientras las cifras de infectados sigue creciendo sin freno.

 La educación es el eje sobre el que gira el progreso social. Los estados que no pueden sostener, o no desean un pueblo instruido, quedan atrasados en su desarrollo, tienen que adquirir los elementos muchas veces esenciales que no producen y son necesariamente explotados por las naciones más poderosas. El subdesarrollo y la sub educación van de la mano y está claro que los pueblos más educados saben –aunque no siempre- elegir mejor sus autoridades. La educación primaria sobre todo, libre y gratuita, pero también la preparación secundaria bien orientada y la excelencia de la formación universitaria, son pilares insustituibles. Parece una pesadilla inverosímil, pero el nuevo enemigo de la civilización, solapado y tenaz, ha puesto también en jaque al sistema pedagógico mundial. Casi unánimemente, la mayoría de los países se ha visto enfrentado con el dilema de suspender la enseñanza o arriesgar a toda la comunidad docente, incluyendo alumnos, maestros, profesores, directivos y auxiliares. Al igual que en la esfera económica, las decisiones son inseguras, improvisadas –no por ausencia de capacidad decisoria- y al cierre de los cursos le suele seguir una reapertura para probar de nuevo una u otra posibilidad, en espera de que la medicina, la suerte o la divinidad decidan qué hacer.

Se ha usado, con relativo éxito en el rubro educativo, la enseñanza virtual, a distancia, mediante las fórmulas puestas en manos docentes por la tecnología. No solo el aspecto de la socialización, convivencial, decisivo sobre todo en los primeros años, se ha resquebrajado, sino que el aprendizaje mismo ha sufrido importante mengua. Y eso, sin considerar que los niños de lugares apartados o de bajo nivel económico, no cuentan con las herramientas tecnológicas necesarias, o estas son deficientes.

Si agregamos la limitación o ausencia de reuniones culturales, la suspensión de congresos, conferencias o cursos, la inexistencia de conciertos, de muestras artísticas o de los simples y tradicionales grupos para debatir temas políticos, literarios o filosóficos, estamos sin duda enfrentando una pandemia cultural que puede repercutir en la sociedad humana más allá del fin de la enfermedad como tal, si esto sucede, como espero.

Sin duda se podrán cuestionar varios de los últimos párrafos. La ciencia, por ejemplo, arriesgando la salud y aún la vida de sus integrantes, se esfuerza con ahínco para hallar paliativo al mal, y las demás manifestaciones de la cultura, han intentado sobrevivir. La televisión sigue animando sus programas, lo mismo que las radios, y solo el cine y el teatro, como los festivales musicales, por reunir importantes núcleos humanos muy próximos, han clausurado sus puertas. Además puede argumentarse que no todos y no siempre. Es verdad, el hastío mismo de la auto represión o de aquella impuesta por la autoridad, han hecho que se resquebrajen algunas normas de sanidad que, bien cumplidas, resultaban útiles, al menos parcialmente. Esta liberación trajo consigo un recrudecimiento de los contagios, incluso donde estos habían disminuido con claridad. La cultura, entonces, como la economía, tambalea ante el virus.

Otros aspectos de la sociedad humana –muchos de los cuales pasarán para mí inadvertidos no siendo sociólogo- siguen sufriendo el ataque de este cuasi misterioso enemigo. El deporte, por caso, congregador de multitudes, suspendió sus programadas actividades, llamó a sosiego a millones de fanáticos y paralizó el desarrollo físico de decenas de miles de deportistas. Más allá de sus méritos lúdicos, tiene también alta incidencia económica y suele ser una droga poco dañina, para canalizar inquietudes. También es cierto que quienes dirigen estas actividades, han concluido que la incidencia de la enfermedad en los jóvenes es menor en cuanto a su gravedad; o bien, han considerado prioritarias las razones económicas más allá de cualquier otro factor, recomenzando los espectáculos deportivos, al menos por televisión.

 Existe un curioso contrasentido en la sociedad, que deseo señalar. Y es con qué celeridad ciertas conductas sugeridas por la autoridad sanitaria mundial fueron acatadas por la mayoría de la población de remotos países, al unísono. Cómo al mismo tiempo en Buenos Aires, Tokio, Moscú o El Cairo, se comenzó a usar tapaboca, a mantener lo que se llamó distanciamiento social o a lavarse asiduamente las manos, por señalar algunos comportamientos que se volvieron universales. La globalización en las comunicaciones jugó aquí un papel esencial y ventajoso en la trasmisión de esas medidas.

 La medicina y sus representantes palpables: médicos y enfermeros, entre otros, se han comportado y se comportan a la altura de las circunstancias. No son pocos los que, utilizando una frase usual para las fuerzas de seguridad, han caído en el cumplimiento de su deber. A menudo mal remunerados y exigidos hasta el límite, enfrentan un enemigo desconocido, que puede ocultarse tras el abrazo de un hijo o de un amante. No es por culpa de ellos que otras patologías hayan pasado a segundo plano, que fueran desatendidas, los turnos postergados o anulados, pospuestas las operaciones programadas, y salteadas por el paciente las visitas de rutina al especialista.

Y no es que la batalla haya sido ganada por estos combatientes; ni siquiera puede decirse que se logró frenar la agresión pero, su acción ejemplificadora, que aplaudíamos sonoramente cada noche en los primeros tiempos, en medio de tanto egoísmo, ofrece una esperanza, y disminuye la posibilidad del segundo temor, el miedo al colapso social, aquel que hizo sospechar a algunos que nuestra civilización, desacostumbrada de sufrir y confiando en demasía en el poder que siempre tuvo, podría desaparecer, y la naturaleza, tan mancillada por el hombre, recuperar su sabio papel. Pero de suceder, ya no existirían esos agoreros para comprobar lo acertado de su predicción.

Una nota colorida, entre tanta oscuridad, la presentaron diversos noticieros mundiales, mostrando como la fauna silvestre invadía espacios que, por cientos de años, no le pertenecieron. Ciudades populosas, con sus habitantes ocultos tras cerrojos y candados, observaron atónitas cómo, esos antiguos pobladores, iban recuperando lo que fueron sus dominios. En la televisión se vieron animales casi desconocidos para el oficinista o el obrero fabril, caminando tranquilamente por esas calles despobladas, enarbolando su fidelidad al territorio de sus ancestros. Luego, el hombre, más por necesidad que por haber aventado el peligro, reconquistó sus posesiones, pero quedó impresa la sensación de que no es necesario un largo período para que flora y fauna, si no estuviéramos, volviesen a adueñarse de la corteza terrestre, que fue suya por millones de años.

 Escribo porque prefiero ser recuerdo que olvido. Aunque las disciplinas históricas lo validen, tal vez constituya un esfuerzo inútil usar el pasado como fuente de experiencia para el porvenir. La memoria social es frágil en extremo y lo que siento como el tercer miedo, está mostrando su envergadura. Ya se están dando los primeros pasos con la o las vacunas –hay varias de diferente origen- y pareciera, aunque todavía la experiencia es mínima, que la ciencia está por dar una respuesta contundente al agravio que a la humanidad, le significó perder batallas con un microscópico sub organismo, por mencionarlo de algún modo. ¿Pero, es la ciencia en realidad, o son los bastardos intereses económicos de los grandes laboratorios los que luchan entre sí, para obtener beneficios incalculables, produciendo y vendiendo sus productos antes de que lo haga la competencia, a quienes tienen más capacidad económica para adquirirlos, sin una pizca de solidaridad social. En el terreno científico la urgencia no es un buen aliado, pero en esta guerra mundial contra un enemigo invisible, el tiempo resulta, literalmente, cuestión de vida o muerte.

Algunos de nosotros fuimos inocentes. Creímos que ante un peligro que acecha por igual a las familias acomodadas que a las humildes, afloraría un grado de conciencia, a menudo escondida entre los pliegues del egoísmo. Las primeras pruebas con la vacuna, o con terapias alternativas, los tejemanejes de las grandes empresas farmacéuticas, los intentos del hombre común a veces encumbrado, por “colarse” entre los vacunados, posponiendo al anciano que espera su turno en el geriátrico, evidencian características nuestras que prefiero no calificar.

La pandemia, que puede llamarse también zoonosis, una enfermedad infecciosa trasmisible entre animales, muestra una vez más la fuerte interrelación existente entre la fauna toda, con inclusión del hombre por supuesto. Tuve la esperanza de que la dolorosa experiencia de perder millones de hermanos, y entre ellos familiares, amigos, vecinos y conocidos, figuras de la política, artistas y deportistas, despertase la adormecida conciencia solidaria y significase un imprescindible baño de humildad que nos volviese menos soberbios. Estamos en medio de la batalla, todavía no contamos con certezas sobre su resultado final y ya discutimos los precios de los rezagos de guerra y especulamos con los de los medicamentos. Seguramente, algunos fabricantes de ataúdes estarán rogando para que no decaigan los contagios, pues esta es una linda época para acumular fortuna. Y aunque sobren los argumentos que demuestran su perverso impacto sobre la salud y la vida, inundamos el planeta con toneladas de plástico, sumando ahora trajes, bolsas, barbijos y guantes, como si lo único importante fuese preservar el bienestar humano.

 El tercer temor, el miedo a que la pandemia pase sin consecuencias, a que otra vez perdamos la memoria y que para el comportamiento humano, trascurra como un episodio más, o sea lo inútil del sacrificio es, de los tres temores, el que más cerca está de concretarse como realidad.

No olvidemos que somos seres vivos, que compartimos con el resto de la fauna y la flora, la delgada capa que rodea la corteza de una roca que gira en derredor del sol. Que en ella, como los demás componentes de la biocenosis, nacemos, nos reproducimos y vamos perfeccionándonos como especie. Que estamos mucho más relacionados con nuestros compañeros de aventura que lo que comprendemos. Y que el funcionamiento de la selección natural, que descubrieron hombres como Darwin, pero que actúa independientemente de nosotros, es motor de superación para todas las criaturas de la Tierra, el único planeta habitado que conocemos. Entiendo que la pandemia es arma de esa selección. Sé que el hombre, a través de la medicina ha enfrentado con suerte diversa tal factor regulador; factor que en el resto de la fauna elige a los mejores para que se reproduzcan y se ensaña con viejos, débiles y enfermos. Nuestros hermanos animales ceden mansamente ante ese aparente enemigo que es, en realidad, el mejor aliado de la especie, perfeccionándola generación tras generación. El hombre emplea gran parte de su poder en un enfrentamiento con la selección natural, tratando de evitar la enfermedad y la muerte de sus individuos. Como integrante de la lista cuyo promedio de vida en plenitud ha fenecido hace rato, apuesto al triunfo de la medicina humana. Pero observo su contrasentido. El virus es un test; ataca a todos pero, en aras de limitar la superpoblación, se lleva a lo más endeble. Lucha por la especie de un modo que consideramos inaceptable. Pero su objetivo es biológicamente correcto.

Por mi bien y el de muchos seres queridos que podrían caer en las garras de este aliado deshumanizado, apuesto a su derrota. Pero sepamos al menos cual es, según lo entiendo, el sentido de su acción e intentemos no responder con un desarrollo que ponga en riesgo la vida en general, porque obligaremos a la selección natural a multiplicar su virulencia para protegernos como especie.

Intento ser memoria para recordar, a quien quiera leerme, que recibimos un aviso de la naturaleza, un mensaje claro, algo así como un ultimátum. Se dice en él que nuestra actitud es suicida, que estamos mordiendo la mano de quien nos da de comer, que ponemos en riesgo la supervivencia de muchos de nuestros compañeros de ruta. Que ya casi no queda tiempo para recapacitar.

Algunos lo oímos.

Escribo para dejar constancia que fui uno de ellos.