Pastizales, carbono y conservación

  • © Nico Pérez

Si bien los números de plantaciones en la provincia de Corrientes varían según la fuente consultada, las estimaciones recientes indican que en la actualidad hay unas 550.000 hectáreas, de las cuales el 70% serían pinos y un 30% eucaliptos, mayormente plantados en macizos y algunas pocas hectáreas como cortinas.

En escenarios tan delicados y complejos como el Aguapey es clave adoptar un modelo de ordenamiento territorial integral que articule conservación, investigación aplicada, monitoreo de biodiversidad y diálogo permanente entre actores locales, para promover buenas prácticas y aportes concretos también a políticas públicas ambientales.

En este contexto, las empresas agropecuarias y forestales son claves para contribuir con la planificación a futuro de la actividad en la región. Porque la expansión de usos productivos sin una adecuada zonificación y evaluación de impactos acumulativos representa un riesgo significativo para los pastizales naturales, los humedales y las especies que dependen de ellos. Y también para el desarrollo regional.

En los últimos 30 años hemos visto cómo esta región de la Argentina se ha venido modificando sustancialmente, en ambientes terrestres y acuáticos. Y sus pastizales naturales fueron encorsetados entre los macizos forestales, impactando de manera directa sobre un sinnúmero de especies y sobre la cultura gaucha de nuestras pampas.

Diversos diagnósticos sectoriales muestran que el crecimiento de la producción primaria no fue acompañado por el desarrollo de capacidades industriales, infraestructura logística y comercial, así como de desarrollo científico tecnológico que permitiera transformar localmente la producción de madera en productos con mayor valor agregado en origen. En los últimos cinco años, nuevas inversiones y proyectos de infraestructura, logística e industrialización parecieran mostrar la intención de apostar a eso. Estas intenciones deberían también pensar en el desarrollo local de la ciencia de los materiales y de la biotecnología, como apuestas a generar mayor valor a la superficie plantada y menos impactos ambientales a través, por ejemplo, del aprovechamiento inteligente de residuos, que reemplacen otras manufacturas contaminantes.

Una planificación territorial integrada resulta particularmente relevante en una provincia donde los pastizales, humedales y otros ambientes naturales sostienen no solo una biodiversidad de alto valor de conservación, sino también actividades económicas relevantes y en expansión, como la ganadería y el turismo de naturaleza.

De todos modos, estaríamos errados si pensamos que el único desafío consiste en completar el desarrollo de la cadena foresto industrial, a expensas de la conservación del patrimonio natural y sin el desarrollo equilibrado de los distintos sectores productivos de la provincia y nuevas capacidades científico tecnológicas para el futuro.

Para acompañar este escenario, es imprescindible impulsar un corredor de conservación y desarrollo que contribuya a ordenar el territorio específico para la cuenca del Aguapey, considerando las variables de biodiversidad. Y así llegar a consensos que contribuyan a conservar los pastizales naturales y evitar el cambio de uso de suelo a gran escala, los drenajes y canalizaciones sobre sitios especialmente sensibles, la apertura de caminos sobre pastizales claves y la fragmentación desmedida del paisaje. Hoy están librados a la voluntad de los desarrolladores sin las evaluaciones de impacto ambiental estrictamente auditadas.

Desde Aves Argentinas, apostamos a actividades productivas integradas al ambiente, ordenadas de tal forma que aquí no impacten profundamente sobre bañados y campos naturales, con definición clara de zonas de exclusión forestal, una ganadería de pastizal natural fortalecida y áreas protegidas implementadas.

La cuenca del Aguapey puede convertirse en un modelo emblemático, donde producción y conservación estrechen lazos y logros compartidos.

©Nico Pérez

¿Carbono para todos?

El mercado de carbono se presenta como un generador de oportunidades económicas para diversos sectores. Sin dudas, siguiendo determinados estándares ambientales con procesos pautados, aunque a veces excesivamente largos, estas transacciones pueden aportar cambios positivos en los ambientes.

Hay buenos ejemplos ya en funcionamiento en Misiones y otros en proceso que involucran a productores agropecuarios en las pampas. En ellos se ponen en marcha mecanismos concretos de conservación directa de territorios y especies amenazadas, como refugios de biodiversidad, extracción forestal cero y restauración de hábitat con árboles nativos.

Pero la promoción de créditos de carbono vinculada a forestaciones de especies exóticas en el litoral mesopotámico que, en su plan de negocios, no integren la conservación de los pastizales donde se sustenta la producción y que están seriamente amenazados, parece un oxímoron.

Porque la contradicción es difícil de defender: una empresa X compra créditos de carbono asociados al crecimiento y expansión de bosques implantados exóticos que destruyen ambientes amenazados, alteran humedales y jaquean especies en peligro. Para el cuerpo entero, es peor el “remedio” que la enfermedad.

Es hora de sentarnos a una mesa de análisis y discusión para tomar el toro por las astas y que tanto las actividades agroindustriales como los ambientes naturales mejoren a la par. Y no unos a costa de otros.